miércoles, 5 de octubre de 2011

El viaje

                                                        EL VIAJE
    ¿Por qué? Me pregunto. ¿Por qué somos así? ¿Acaso no aprendemos nada cuando somos pequeños? A la edad de tres años pasan por nuestras manos algunas películas, con cuatro años, esas películas nos las sabemos de memoria. Luego crecemos, nos vamos haciendo mayores y comenzamos a ver más de esas, centenares, miles y, todas, tal y como nuestros queridos padres pretenden, nos enseñan algo. Aprendemos a compartir, a ser buenos, a ser tolerantes con los demás, y sobre todo, que el amor es lo más importante, lo que sostiene nuestra vida. Es tan especial que, sin saber que es realmente, jugamos a hacernos pasar por matrimonios, parejas, madres y padres en un intento desesperado e infantil por imitar a aquellos a quienes tenemos como modelos, nuestros padres. Cuando les vemos sentimos que todo va bien, deseamos ser como ellos algún día, amar a alguien como se aman ellos.
     Yo era como todas las niñas, actuaba igual que todas, pensaba también que el amor lo podía todo. Ahora, en este momento, no lo creo, no después de que mi padre se fuera.
    Hace un año mis padres tuvieron su primera pelea, la única en realidad, no sabía porque discutieron, me escondí en mi cuarto en cuanto comenzaron a oírse los gritos. Estaba con mi madre cuando de pronto apareció mi padre más enfadado que nunca, traía unos papeles consigo y le gritaba a mi madre mientras los sacudía con fuerza. Yo de repente me volví invisible, mi madre comenzó a devolverle los gritos y  salí corriendo, me metí en mi armario rogando, suplicando al cielo que parasen, los insultos, las acusaciones retumban en mi cabeza. Pronto empezó a sonar el timbre de la puerta, los vecinos preocupados habían dejado sus cosas a un lado para saber que ocurría en nuestra casa. Las casa del último piso, la del ático, la de la familia feliz que ahora se había convertido en un manicomio.
    No sé cuánto tiempo pasó, solo que oí un portazo y después el silencio. Yo tenía el corazón a cien por hora, no sabía que había ocurrido, así que fui a buscar a mi madre a su habitación, pero no estaba. Busqué por toda la casa sin encontrarla, no veía nada, solo notaba una opresión en el pecho y un velo acuoso que me impedía ver, en un intento desesperado grité en nombre de mi madre, lo grité con toda la fuerza de mis pulmones, grité hasta que ya lo único que me salía era un débil gemido, y cuando ya no podía emitir ni eso, me desmayé.
    Cuando me desperté lo primero que vi fue la cara de mi madre, me miraba con dulzura y me susurraba que todo iba bien, que no pasaba nada. Cuando me incorporé me llevé una sorpresa, no estábamos en casa, en mi habitación, sino en una especie de mansión de estilo barroco. Me habían tendido en una cama gigantesca, con cortinas y numerosos almohadones, las paredes estaban adornadas con cuadros de tamaño real en los que se veían personas muy elegantes posando. Cuando me pude incorporar, observé que estas extrañas decoraciones se daban en todos los lugares de la mansión. Los baños tenían enormes bañeras y espejos, con tallados de oro, las toallas dobladas ordenadamente  relucían blancas, como recién estrenadas. Mi madre me fue enseñando cada una de las salas, todas eran muy lujosas y yo las observaba asombrada de que pudiera existir un sitio como ese.
    Cuando  salí de mi estupor inicial y pregunté dónde estábamos, mamá me dijo que de viaje, que estábamos en un hotel esperando a papá. Yo asentí conforme, olvidando la discusión que había presenciado, y me centré en hacer amigos nuevos, pues todo el hotel estaba repleto. Había niños de todas las edades con sus madres y sus padres, uno pocos de ellos formaban un grupito que eran de mi edad, todos muy simpáticos y, enseguida me hice amiga suya. Lo pasábamos muy bien, jugábamos a muchos juegos, algunos yo no sabía ni siquiera que existieran. Pasaron los días y me convertí en alguien muy popular entre los de mi edad, siempre venían a buscarme a mi habitación y no me dejaban sola nunca, mi madre tan asombrada como yo, no decía nada, se limitaba a sonreír cuando me veía corriendo por los pasillos o hablando con las otras niñas.
    Un día normal como cualquier otro,  Susana, mi mejor amiga del hotel, propuso algo extraordinario, algo a lo que nadie se podría negar y que por supuesto era todo un misterio, una idea tan extraña que ni siquiera se lo mencioné a mi madre. Mi amiga Susana era una chica bastante rarita la verdad, o eso pensaban todos, para mí no era rara, era simplemente fantástica, hablábamos de todo lo que se nos ocurría, con solo mirarnos a los ojos sabíamos que pensaba la otra, nos entendíamos y nos compenetrábamos a la perfección, por eso no dudé en seguirla aquel día.
   __ Ven, vamos a otra dimensión __ me dijo sonriente. Yo la miré a los ojos asombrada, pero su sonrisa confiada y exultante disipó todas mis dudas.
  __ Yo te sigo __ dije.
     Se nos unieron un par de niños más y juntos nos fuimos corriendo lejos del hotel y de su exuberante parque, nos adentramos en el bosque que rodeaba todo el complejo y avanzamos con sigilo por entre los arboles sin hacer ruidos, todos estábamos ansiosos por saber adónde nos dirigíamos. Después de un rato Susana se paró ante un roble, no tenía nada de especial, yo estaba segura que era igual que todos los demás, pero mi amiga no pensaba así. Me quedé expectante mirando el árbol pensando que cualquier cosa podría ocurrir, pero no pasó nada, miré a Susana frustrada pero ella pareció no darse cuenta, observaba el roble con admiración, casi con reverencia, tenía los ojos abiertos de par en par, como si le costara asimilar que estuviera ahí. Por fin apartó la vista de él y se volvió hacia mí.
  __ Para viajar acaricia suavemente la corteza, después solamente déjate llevar __ me dijo.
    Yo me quedé perpleja, ¿Por qué yo primero? Le pegunté, pero ella se encogió de hombros y me contestó que no pasaba nada, que me seguiría enseguida. Yo asentí poco conforme y alcé mi mano para hacer lo que me había dicho, pero antes de llegar a rozarlo siquiera, me la apartó. Me giré extrañada, pero Susana negó con la cabeza y se sacó del bolsillo un colgante, me lo puso en la mano  y, solo entonces pude ver que era el colgante que nunca se quitaba, perteneció a su madre  y le tenía un gran cariño. 
  __ No puedo aceptarlo __ le dije.
  __ Quédatelo, ahora es tuyo, para que me recuerdes… __ añadió en un susurro.
   __ ¿Cómo que para que te recuerde? __ antes de poder decir algo más, Susana me cogió la mano y la deslizó por el tronco sin que pudiera evitarlo.
  __ ¡No! __ grité con todas sus fuerzas su nombre, pero de nada sirvió, me desvanecí en el aire, como una vulgar mota de polvo, lo último que vi fueron las lágrimas de despedida de mi mejor amiga.

    De repente recobré la conciencia e intenté abrir los ojos, pero sentía mis parpados realmente pesados, haciendo un esfuerzo los abrí tanto como pude y poco a poco mi visión se fue enfocando, no reconocí la sala en la que estaba, las paredes eran blancas, había una pequeña mesita con una televisión apagada, me recordaba a una habitación de hospital y cuando miré a mis pies ¡vi que era una habitación de hospital!, con cautela me toque la cara con las manos, mi frente estaba rodeada por una gruesa venda acolchada. Justo cuando iba incorporarme para seguir averiguando qué había pasado, mi madre abrió la puerta.
    Me contó muchas cosas extrañas y sorprendentes, me dijo que cuando me desmayé en casa me golpee con uno de los muebles, y me hice una profunda brecha en la cabeza, debido a lo que había perdido mucha sangre. Cuando yo le pregunté dónde estaba aquel día después de la discusión me dijo avergonzada que se encerró en el cuarto de baño, para llorar a solas, ignorando mis gritos y lágrimas. Luego cuando salió al cabo de unas horas, me encontró tendida en el suelo rodeada de un charco de sangre, fue entonces cuando me trajo al hospital.
    Yo me quedé muda de asombro, no sabía cuan cruel podía resultar mi madre, para tenerme desatendida tanto tiempo cuando yo la necesitaba. Sin embargo no me enfadé con ella, supuse que la pelea que presencié tenía mucha más importancia.  Cuando le pregunté por qué discutieron me dijo que yo no era hija de mi padre y que este lo había descubierto, se le anegaron los ojos en lágrimas cuando me contó cómo después de la discusión mi padre se marchó de casa, para no volver, dijo que ya no soportaría verme.
    Yo tenía ganas de llorar pero me contuve, en lugar de eso le hablé del hotel, de mi gran amiga Susana, de los otros niños y del árbol mágico. Cuando terminé mi madre me dijo que solo había sido un sueño, un hermoso sueño que había llegado a su fin. Pero para mí, sin embargo, no había sido solo un sueño, sino mucho más, para mí había sido real, no una fantasía derivada de un accidente, no obstante, mantuve la boca callada.
    Pasaron los días y mi estancia en el hotel quedó estancada, como olvidada, la recordaba a través de una bruma verdaderamente densa, había momentos en los que me acordaba de Susana y la añoraba, anhelaba estar con ella de nuevo, pero ya había aceptado que solo fue mi imaginación, por lo que no le concedía importancia. Hasta el día en el que me puse mis pantalones preferidos, aquellos que llevaba en mi sueño cuando viajé a través del roble, metía la mano en el bolsillo derecho y lo encontré. Tal y como me lo dio Susana, ahí estaba, su collar, el que perteneció a su madre, descansando olvidado.
    No dije nada cuando encontré el collar, pues era mi secreto, mi promesa de que algún día volvería a ver a mi mejor amiga, la prueba de que existía. Ahora miro el collar que luce bello en mi pecho, lo toco y sé que, aunque ya ha pasado un año desde aquel entonces, tengo una reserva a mi nombre en un hotel de estilo barroco, uno grande con jardines, uno, que solo me falta encontrar.

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